Chirigota o murga

Chirigota o Murga

Cada país atesora su folclore sonoro, pero si la música mundialmente asociada con lo carnavalesco es la samba carioca, en España existe una composición que resuena con fuerza propia: la chirigota o murga.

Enérgica y viva, esta palabra vale tanto para la agrupación como para la música que realizan. Igual que los chistes, intentar explicar una murga es destrozarla. Por eso, mejor entrar en el portal que sirve de acceso al planeta chirigota y repasar su galería, que se remonta a 1950.

Pero vamos a la erudición, y «si me pongo pesao me lo dices»: la agrupación coral para una chirigota estándar (según normas COAC) se compone de siete a doce personas que cantan a diferentes voces, siendo el tenor quien suele llevar la melodía, mientras se acompañan de bombo, caja, guitarras, güiros y mirlitón o turuta (conocido comercialmente como kazoo). La vestimenta es también parte de la puesta en escena propia del carnaval.

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¿Y por qué la murga como referente de la música popular española?

Aunque no con ese nombre, las chirigotas parten de una tradición del S.XVI de recitar coplas sobre diferentes situaciones que sociales, aprovechando ese momento laxo que ofrece el carnaval, amenazado por la inminente llegada de la estricta doña Cuaresma.

La murga es para darla, y como toda música popular, tiene vida propia que hace crecer sus tentáculos. De ahí la existencia de las murgas uruguayas, que con origen gaditano son un ejemplo de los devaneos que ha ido sembrando internacionalmente.

Más parecidas a como las conocemos hoy, a principios del S.XX quien da nombre, genio y figura a la chirigota es  «El tío de la tiza» (Antonio Rodríguez). Desde entonces hasta hoy, exceptuando el mutismo forzado por su prohibición entre 1936 y 1948, las murgas han seguido evolucionando y haciéndose más descaradas, sobre todo desde la llegada de la democracia en España.

La música de murga sigue un modelo de canción, con estrofas y estribillos, que tiene una particularidad: cada estrofa se basa en una estructura diferente, consiguiendo mezclar canciones de éxito comercial del momento, y combinándolos con formas tan clásicas españolas como el pasodoble o el cuplé. Si a Herr Frankenstein su criatura le quedó un tanto contrahecha, los artistas de la chirigota hilvanan géneros y modas con gracia particular.

Sin embargo, pese al aparente desmadre, detrás existe una estructura canónica y un órgano de control: el COAC (Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas), que desde Cádiz limpia, fija y da esplendor al género, estableciendo una presentación que consta de un estribillo, dos pasodobles, dos cuplés y un popurrí en cuartetas. Y si para cualquier género hay que practicar, aquí una de las dificultades radica en acompasar letras retorcidas, pero que son la esencia de las composiciones.

El mayor atractivo de estos grupos es su capacidad para ingeniar letras con carga satírica, humorística, política y… efímera. Los aficionados a lo chirigotero saben que hay que inocularse dosis frescas cada año, porque su temática es siempre actual. Si justo el día previo a la representación ocurre un hecho notable, milagrosamente aparecerá reinterpretado en el escenario deberá incluirse. Por eso cada chirigota es única e irrepetible.

Latham, Alison. «Diccionario enciclopédico de la música». Oxford.
Medina, Ángel. «Los atributos del capón: imagen histórica de los cantores castrados en España». ICCMU.
Ruiz Mantilla, Jesús. «Yo, Farinelli, el capón». Aguilar.

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