Cantares

Cantares: subir, atraer, iluminar

Un sitio donde ponerse la piel de gallina, caerse al suelo de risa, echarse novio/a, explorar ese idioma nuevo, hacer investigaciones etológicas sobre comportamiento grupal, padecer pánico escénico (y desear padecerlo), ser faro encendido, perder el miedo al ridículo porque hay que hacer muecas y pedorretas, acudir a convites arrasando el jamón ibérico sin abandonar la compostura, reconciliarse, aprender humildad ahí arriba, explorar otro idioma nuevo, sentir, dar sentido, oficiar milagros, quebrar la voz hasta el llanto… un sitio donde unir voces y comprender un logro que no es de uno sino de todos cuando entre todos hacemos que funcione.

Chute adictivo al conseguir esa armonía reconstruida. Un gozo que llega por los sentidos pero también por la razón, por el privilegio consciente que supone admirar por dentro la arquitectura de una obra bien hecha, lista para ofrecerla a otros.

Y entonces emocionar también al público, que te devuelve tanto…

El canto coral ofrece todo eso. En resumen: apreciar matices insospechados ganando una perspectiva que puede aplicarse a muchas facetas de la vida.

Quien canta en un coro disfruta esa atalaya, pero conoce también las horas de preparación tediosa, la pereza despabilada, el desconcierto cuando no se sabe si llegará a dar la talla en el concierto.

¿Hay que reivindicar la figura del sufriente aficionado que lidia con partituras que le parecen imposibles? Sí y no: en su pena está la recompensa. Pero tampoco dejemos naufragar a la pobre criatura solitaria. Singerhood viene en su ayuda, para que lo bueno sea mejor.

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